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ICANN注册机构:Afilias Global Registry Services
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Name Server:ns4.lunarpages.com(216.227.216.4)
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Registrant Name:Elias Manuel Gomez Fernandez

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Title:La Lengua
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Mercado y política
7 de November de 2010
Me han llamado la atención especialmente dos pasajes de la entrevista que publica este domingo EL PAÍS, en que el expresidente Felipe González responde a las preguntas del escritor Juan José Millás. En la primera, González habla de la posición del mercado en las democracias actuales:
-¿Estamos viviendo un totalitarismo del mercado?
-Exacto, no quería ser tan duro, pero así es. En lugar de dictar tú la norma para que el mercado funcione, el mercado te impone la norma para sobrevivir (que, por cierto, es la ausencia de norma). Y eso es lo peor, porque el mercado sin reglas te pide hoy lo contrario de lo que te va a pedir mañana. O de lo que te pidieron ayer, que era que rescataras la mano invisible del mercado de la propia catástrofe que había generado. Esto es, que hagas intervencionismo del más descarado a costa del contribuyente o del ahorrador, para rescatar al mercado. Sitúate en la piel de Obama: debo poner primero setecientos mil millones, después ochocientos ochenta mil, total, dos billones de dólares solo para salir de esa catástrofe provocada por el sistema financiero sin reglas. Muy bien. Y una vez que pongo ese dinero, puro erario público, puro endeudamiento, y usted ya está rescatado, ahora me exige que reduzca dramáticamente el déficit y el endeudamiento al que he llegado para rescatarlo. Me pide que me endeude y después me exige que me desendeude o me penaliza. Esto es lo incomprensible de la situación que estamos viviendo. Si se tuviera poder y decisión para regular el funcionamiento del sistema financiero, no volvería a ocurrir lo que ha ocurrido y devolverían el dinero público que se les ha entregado.
En la segunda, acerca de la simplificación de la política en estos tiempos:
[...] si estás haciendo seguidismo de la opinión pública, estás banalizando el debate político hasta el punto de que no puedes desarrollar proyectos políticos que a veces van contracorriente de la opinión pública. Como decía Azaña, no hay nada más cambiante que la llamada opinión pública. Hace unos cuatro o cinco años, me encontré por casualidad en el aeropuerto de Washington con Henry Kissinger, y me dijo él, que es un malaleche: #8220;Mira, Felipe, la política ya está en manos de gente que te hace discursos pseudo religiosos y simplistas y que son más bien ofertas de venta de electrodomésticos #8220;. Es verdad. Y añadía: #8220;Ha desaparecido de tal manera el debate de ideas, el contraste de ideas, estamos en una simplificación tan grande de la política, que ha dejado de interesarme. Me aburre profundamente el mundo que estamos viviendo #8221;. Contradictoriamente, cuando aparece un político con proyecto y discurso, como Obama, corre el riesgo de ser arrastrado por las corrientes demagógicas y simplistas.
En ambos casos la negrita es mía. Y, en ambos casos, da miedo darse uno cuenta que piensa lo mismo que todo un expresidente que está bien enterado de la política nacional y la internacional. Jugar en tu blog con la idea de que la democracia en la que vives no es tal, que eres una hormiga bajo el zapato de las multinacionales, cosas así, tiene cierta gracia, pero no deja de ser una especie de desahogo de la imaginación. Pero cuando lees en palabras de alguien serio lo que tú sueltas por tus teclas pero en realidad no quieres creer, asusta.
Por otra parte, no comparto plenamente el discurso de Kissinger. Es cierto que la opinión pública es estúpida y que puede cambiar diametralmente de la noche a la mañana (antes de los atentados del 11 de marzo los españoles iban a cometer la estupidez de elegir a Rajoy, y un par de días después, cometieron la estupidez de elegir a Zapatero). Pero yo no creo que la solución, como sugieren Kissinger y González, sea ignorar a los votantes. Eso no sería una democracia. La solución sería formar a votantes informados y cultos, mediante la educación pública o como fuera. Pero ningún político estaría por la labor, precisamente por eso: porque una ciudadanía formada les obligaría a ser decentes. Y no creo que ningún político español o estadounidense estuviese dispuesto a ser decente bajo ningún concepto.
Seguid el enlace del principio de este post para leer la entrevista completa, es muy interesante. Me ha decepcionado bastante ver que Felipe González se empecina en el error de defender, incansablemente, a delincuentes que han robado, secuestrado y asesinado y que por ello han sido condenados en firme. Creo que, por mucho que sea correligionario o incluso amigo de todos ellos, por mucho que él esté internamente convencido de sus inocencias, debería, al menos, callarse. Si uno que ha sido presidente del gobierno dice tan a las claras que el resultado de varios procesos con sumarios constituidos por cientos de miles de folios es un error, transmite la idea de que no vivimos en un estado de derecho, del cual él ha sido máximo dirigente. Pero ya sabemos cómo es este país. Somos absolutamente incapaces de reconocer nuestros propios errores. Y, además, no tenemos ningún respeto por las leyes y por nuestro propio sistema. Nada nuevo, claro.
Categor iacute;a: Periodismo,Política | No hay comentarios
Así, no
Este artículo fue publicado en El Telegrama de Melilla el 7 de noviembre de 2010. Los lectores de La Lengua que no sean de aquí quizás no estén tan al tanto del tema del que hablo, aunque es seguro que recuerdan haber oído sobre los incidentes en algún medio de comunicación.
Así, no
Han pasado ya unos días desde los disturbios que se produjeron en la ciudad ocasionados, al parecer, por el desacuerdo de los manifestantes con la adjudicación de plazas de los famosos Planes de empleo, y seguro que los lectores de El Telegrama de Melilla han encontrado en sus páginas información suficiente para colmar su curiosidad.
En mi opinión, era inevitable que sucediera algo parecido a esto, más pronto que tarde. Cuando se ataca un problema estructural con medidas improvisadas y populistas, dicho problema no solo no se soluciona, sino que lo más probable es que empeore un poco cada día.
El problema estructural al que nos referimos es, por supuesto, el desempleo. Según la Encuesta de población activa del tercer trimestre de este año, disponible en la web del Instituto Nacional de Estadística (www.ine.es), el porcentaje de ciudadanos desempleados en Melilla es del 23,37%, superada únicamente por cuatro autonomías, es decir, que estamos en el cuarto puesto empezando por la cola. La media nacional está en torno al 20%, mientras que la de la Unión Europea no llega al 10%
Los datos y cifras son términos objetivos, pero pueden ser víctimas de la subjetividad si no se analizan desde una perspectiva adecuada. Este 23,37% se corresponde aproximadamente con 6.800 personas que no encuentran trabajo, de un total de unas 29.000 personas en edad y disposición de trabajar (el hecho de que menos de la mitad de los melillenses sean población activa responde, esta vez, a una buena noticia: tenemos una de las mayores tasas de natalidad de la UE). A Melilla le resultaría relativamente fácil reducir drásticamente, con medidas como los dichosos planes, su tasa de paro: 1.500 personas constituyen el 5,15% de la población activa. Contratando a este número de personas, se reduciría el porcentaje hasta un 18,21%. Si Andalucía, por ejemplo, que padece un escalofriante 28,55% de población activa desocupada, quisiese reducir este porcentaje sólo hasta un 25%, supondría para esta comunidad aumentar su número de trabajadores en más de 140.000 personas. Se ve, por una parte, que nuestra autonomía no es la que peor padece la tortura capitalista del paro, y que además, numéricamente, no es la que peor lo tiene para solucionarlo; por otra, sin embargo, vemos que se presta a medidas a corto plazo que no arreglan nada pero que pueden —o eso piensan algunos— arrimar unos cuantos votos al ascua de su sardina.
Estos Planes de empleo, gestionados desde el Gobierno central, no han sido creados por el PSOE actualmente en el poder, sino por el PP en la época en que gobernaba. Fueron un error en un principio, pero los creadores quizá intuyeron que les podían aportar réditos electorales: por tanto, los que siguieron a unos en las responsabilidades de gobernar, no iban a enmendar el error, ya que contenían dos de las características más queridas por los políticos patrios. Una, que les podían dar votos en las elecciones locales; dos, que eran una chapuza que no solucionaba nada, y estamos en el país de la chapuza.
¿Pero es que estoy en contra de que se dé trabajo a mis paisanos? Dios me libre. Pero sí estoy en contra de que se destine alegremente el dinero de los impuestos a crear puestos de trabajo innecesarios, artificiales y precarios a cargo del Estado, pan para hoy y hambre para mañana que además crean en los beneficiarios o beneficiables expectativas a las que, por un lado, no tienen derecho —todo puesto a cargo del erario público debería concederse, a mi entender, tras una oposición o, al menos, bajo unos criterios objetivos que no tengan que ver con las necesidades concretas del individuo, ya que para ello ya están las pensiones y otras medidas sociales, y si no son suficientes, que se aumenten: para eso sí están los impuestos— y, por otro, no llegan a solucionar nada, ya que con un porcentaje tan alto de desempleo es imposible estar tirando de chapuzas baratas el tiempo suficiente como para que el problema desaparezca.
Los políticos de la ciudad y, en general, del Estado, han estado a la altura que todos esperábamos de ellos: se han limitado a acusarse de forma pueril de haber organizado esto o aquello, de haber enviado no sé qué mensaje de teléfono, de si es tu responsabilidad o la mía. En un ejemplo de libro de lo que no se debe hacer con unos vándalos, al parecer la Delegación del Gobierno ha accedido a reunirse con los manifestantes tras el destrozo de posesiones privadas y públicas, dando la razón a quienes no la tienen, y legitimando una forma de actuar que en este caso no está en absoluto justificada. Es tradición en esta ciudad —ciudad sin ley— afrontar, es un decir, las cosas de esta manera. Igual que en las decenas de viviendas ilegales que hay construidas en la ciudad, y que no hay arrestos para obligar a que cumplan la ley, en este caso se ha hecho lo mismo. No se obliga a la ciudadanía a cumplir con las leyes democráticas, y a que protesten, tengan razón o no, de forma pacífica, si sus reivindicaciones son legítimas. Se siguen poniendo parches encima de parches, reforzando la impresión de que en esta ciudad cada uno puede hacer lo que le plazca, siempre que el número y la violencia los avalen. La democracia está muy mal entendida aquí, ya que trata de números, pero no de violencia. Flaco favor han hecho al futuro de Melilla dándoles a entender que fastidiando al ciudadano pueden conseguir lo que quieran, y a decir de manifestantes de días posteriores, es lo que han logrado. Ahora, ya se sabe: cada vez que alguien no esté de acuerdo con una decisión administrativa, a quemar el coche de Fulano.
Es fácil criticar, difícil proponer soluciones inteligentes. Yo no las tengo. El problema no es baladí. Aunque no me dedico a la política, en una democracia todos somos políticos, y todos los ciudadanos tenemos la obligación de ayudar en las soluciones, como mínimo utilizando de forma inteligente el voto. Pero el problema estructural del paro en Melilla es posible que no puedan solucionarlo todos los gobiernos que pueda elegir nuestra pequeña ciudad. Nuestras peculiaridades consisten casi exclusivamente en debilidades —falta de territorio, frontera con un país que se mantiene en una permanente postura pasiva-agresiva, imposibilidad virtual de trabajar en otra localidad manteniendo el domicilio aquí, etc.— , y difícilmente podremos solucionar nuestros problemas nosotros solos. Pero estamos integrados en estructuras mayores: el Estado y la Unión Europea. Quizá es hora de que los políticos melillenses, pertenezcan a la administración local o a la nacional, comprendan que hay problemas en los que no solo pueden, sino que deben estar enfrentados, pero que hay otros en los que es necesario que se entiendan y emprendan acciones conjuntas y coordinadas. Y, si no lo hacen, ya sabemos lo que nos toca, melillenses: esperar a las siguientes adjudicaciones de los planes, y rezar para que nuestro coche no sea uno de los incendiados. In saecula saeculorum.
Anteriormente, en La Lengua:
Toros
Libertades y prisiones religiosas
Es Chinatown
Fumar, prohibir
Aborto. Dudas y certezas
Un mundo feliz
Dormidos
El horror
Basura
Perspectiva
La cuarta mentira
Falanges
De princesas
Categor iacute;a: Melilla,Periodismo,Política | No hay comentarios
De besugos
1 de November de 2010
Esta conversación tuvo lugar entre una operadora de Movistar y un servidor el otro día, en el tiempo que tardé en ir en coche desde mi casa hasta mi local de ensayo (tranquilos, usé el manos libres del casete):
Operadora: Buenas noches, desearía hablar con el señor don Elías Manuel G. F.
Elías: Buenas noches, soy yo.
O.: Buenas noches, señor Gómez, estoy encantada de saludarle, mi nombre es [... no lo recuerdo, tenía acento de ultramar, pero me parece irrelevante para el caso] y le llamo en nombre de Movistar para saber si hay alguna manera en que podamos mejorar el servicio que le venimos ofreciendo.
E.: Sí, quería que me dijera cómo puedo darme de baja de Movistar.
O.: Lamento oír eso, señor Gómez. ¿Puedo saber si podemos hacer algo para que reconsidere su decisión?
E.: No puede hacer nada.
O.: ¿Me permite saber, al menos, por qué quiere dejar de utilizar nuestros servicios?
E.: Por supuesto. En las últimas tres llamadas que recibí de sus compañeras, me preguntaron lo mismo, y les pedí que lo único que quería era que dejaran de llamarme para preguntarme cosas. Yo he contratado un servicio de telefonía y navegación móviles, llevo prácticamente diez años [lo sé, soy un poco masoquista] con ustedes y ni una sola vez me he retrasado en el pago de una factura. Los servicios por los que pago son para hablar por teléfono, escribir y recibir mensajes y navegar por Internet con mi teléfono móvil. Los recibo correctamente, teniendo en cuenta lo que significa eso en este país, y pago por ello religiosa y puntualmente el precio que ustedes estipulan. No necesito que me estén llamando continuamente para preguntarme si todo va bien (yo nunca les he llamado para quejarme por nada), no he pedido que me den ese servicio y, francamente, me molesta perder el tiempo en estas conversaciones, teniendo en cuenta, además, que les he indicado repetidamente que quiero que dejen de llamarme, y sus compañeras me dijeron que lo harían.
O.: Bueno, señor Gómez, en caso de que quiera dejar de recibir llamadas, le informo de que puede llamar de forma totalmente gratuita al número 900 #8230;
E.: No, no, no, no, no. No voy a llamar a ningún número. No quiero hacerlo ni pienso que tenga que hacerlo. Lo que quiero es que dejen de llamarme, no quiero perder un minuto de mi tiempo más que el que he tardado en decírselo a usted y a sus compañeras.
O.: Sí, señor Gómez, lo comprendo, pero ya le he dicho que puede llamar gratuitamente al número #8230;
E.: Perdone que le interrumpa, señora, pero le he dicho que no pienso hacerlo, no voy a llamar a ningún número ni a perder tiempo en repetir en otro sitio lo que le estoy diciendo a usted. Y como usted no va a hacer lo que le pido que le haga, que es simplemente que dejen de hacer algo que no quiero que hagan ni que les he pedido expresamente, pues mañana me acercaré a una tienda de Movistar y daré de baja mi contrato.
O.: Lo lamento, señor Gómez, pero le recuerdo que en ese caso usted, como tiene un contrato de permanencia con nosotros, deberá pagar una penalización de #8230;
E.: No se preocupe, si tengo dinero, ya le digo que nunca les he dejado una factura sin pagar. Lo que no tengo es tiempo para perder en tener estas conversaciones con usted ni con sus compañeras. Así que le agradezco su tiempo, pero ya he tomado mi decisión.
O.: De acuerdo, señor Gómez, ¿tiene alguna otra consulta que me quiera realizar?
E.: [¿Cómorl?] No, no tengo otra consulta, de hecho no tenía ninguna, ha sido usted la que me ha llamado a mí.
O.: Muy bien, señor Gómez, pues muchas gracias por haberme atendido, y que pase usted una buena tarde.
E.: Gracias a usted, y buenas tardes.
A decir verdad, supongo que en el contrato que firmé algún día con Movistar aparecería alguna información en letra pequeñísima y gris claro donde decía que aceptaba que mis datos se incorporaran a un fichero automatizado y no sé qué #8230; Pero supongo que después de haber dejado varias veces bien claro que no quería que me molestaran, y dado que graban todas las conversaciones, podrían haber tomado mis palabras como una rescisión parcial de mi contrato. ¿Es tan fácil meterse en esos ficheros como echar una firma, y decir por activa y pasiva que quiero que me quiten no basta para que lo hagan? Y otra consideración: ¿no es poco inteligente acosar al cliente —un cliente que lo paga todo sin preguntar ni mirar una factura, como dije antes— hasta el punto de obligarle a cambiarse de compañía para que lo dejen en paz? Por mucho que yo haya firmado un papelito, ¿no deberían haber sido un poco cucos y haber pensado que, ya que yo no les doy apenas trabajo, era más aconsejable hacer lo que el maldito cliente quiere y acosar a cualquier otro a quien no le moleste? Mi madre, como la del chiste, puede pasarse quince minutos hablando con alguien que se haya equivocado de número. ¡Llamadla a ella! Hay mucha gente que disfruta hablando con desconocidos sobre su contrato telefónico. ¡Yo no! Y una última pregunta: el que yo haya firmado que acepto que mis datos se integren en un fichero, ¿les obliga a ellos a llamarme? En fin, arrevoire.
Categor iacute;a: Personal | 3 comentarios
De princesas
24 de October de 2010
Este artículo fue publicado en El Telegrama de Melilla, el 24 de octubre de 2010.
De princesas
No sé por qué, pero me da en la nariz que todo el circo este montado alrededor de cierto personaje conocido —me parece una osadía llamarlo personaje «público»— en el cual se le conceden entrevistas, trabajo como pseudoperiodista, y últimamente incluso como profesora mediática de Historia, ya saben a quién me refiero, no es más que otra muestra del carácter irónico de mis compatriotas. La Princesa del pueblo, si me permiten la mayúscula, no creo que sea respetada ni siquiera por las personas que engullen todas las horas que ocupa la susodicha en la parrilla de las televisiones nacionales. Creo ver en toda la atención televisiva de que es objeto más desprecio que admiración. Más que ver a una persona que sin ninguna cualidad extraordinaria aparente —y haber retozado con ese torero no es extraordinario, a decir de sus muchas conquistas— ha logrado alcanzar fama y dinero, si no gloria, estoy seguro de que lo que la gente ve es que los famosos también pueden ser, digamos, personas normales. El gusto español por la miseria ajena es algo menos culpable si la vemos en gente afortunada. Al paisano le gusta ver que su vecino pobre se hace aún más pobre, pero es más gratificante ver que el otro vecino, que asentaba sus posaderas en un Mercedes, ahora ha de hacerlo en el transporte público. Ver a una persona que podría ser la hija del carnicero vilipendiada permanentemente por sus contertulios, engañada por sus parejas, perseguida por los paparazzi, es agradable, porque ahora es rica.
Sin embargo, creo que hay algo más que decir sobre el ascenso a la fama de la hija de Fulano. Lo de Princesa del pueblo pretende ser una especie de triunfo de los parias, algo así como la cúspide de la igualdad de oportunidades: no importa cuán gañán sea uno, es posible codearse con la alta sociedad y protagonizar las portadas del corazón.
Por desgracia, una vez más, lo hemos entendido todo al revés. El que el famoseo actual esté representado por gente que no tiene nada de particular, más que haber tenido algún encuentro sexual con alguien que alguna vez en la vida ha hecho algo, o haber aparecido en algún zafio programa de televisión, es todo lo contrario a la igualdad de oportunidades. Que todo el mundo tenga las mismas oportunidades no implica que todos tengan lo mismo. Si eso fuese así, sería algo que va precisamente en contra de la igualdad: otorgaría el mismo premio al que se esfuerza que al que no. La igualdad de oportunidades real es que quien quiera en este país pueda ser cirujano, juez o presidente del gobierno, sea hijo de nuestro vecino pobre o de nuestro vecino, el del Mercedes.
Para ello nuestra democracia lleva años intentando montar un sistema que garantice estas oportunidades para todos. Si nuestro vecino pobre no puede mantener a su hijo cinco años en la facultad de Derecho, porque no tiene dinero para ello, al contrario que nuestro vecino rico, el sistema de becas del Ministerio de Educación debe encargarse, tras haber demostrado el hijo del pobre que tiene valía y determinación para estudiar, de mantenerlo todos esos años en que un adulto no produce nada para que en el futuro pueda producir algo de mayor valor. El sistema de becas español es bastante amplio, y, aunque aún, por desgracia, hay gente que ni por esas se puede permitir mandar a su hijo a la universidad, se ha andado mucho en la dirección correcta. Aún queda bastante por hacer. Un niño que se haya criado en un ambiente social desfavorable, seguramente no desarrollará una voluntad propicia a los estudios que le haga merecedor de una beca universitaria en el futuro, pero aun así, en España llevamos varias generaciones en que los hijos de los trabajadores ganan más dinero que sus padres, y esto no es poco. Seguramente es imposible alcanzar la meta de la igualdad plena de oportunidades, pero mientras se siga caminando debemos sonreír.
Pero el que el hijo pobre del vecino llegue a la cima económica de la sociedad sin haber demostrado su valía en ningún campo, salvo en aquel que incluso los perros de la calle dominan sin ningún entrenamiento, no es algo de lo que debamos sentirnos orgullosos, sino más bien lo contrario. Este país se está convirtiendo en el paradigma de la sociedad más detestable de todas: una en que los individuos más corrientes son premiados por la sociedad, mientras los más brillantes huyen hacia otras naciones en busca de mejores horizontes.
Me van a perdonar por lo que voy a decir, pero el dinero que se lleva un famosillo de televisión en Telecinco no lo fabrica Telecinco en una imprenta. Es dinero proporcionado por los tontos, principal materia prima producida por España desde hace bastantes años. Toda esa gente que se traga esos programas y luego compra los productos que anuncian, esos son los que convierten en multimillonarios al hijo ineducado de nuestro vecino. Pueden reírse cuanto quieran de la Princesa del pueblo, pero por dentro ella se está riendo el doble. Y todos esos tontos, entre los que me puedo incluir si quieren, y sálvese quien pueda, son los que hacen que nuestro país sea lo que es, el hazmerreír de todos, desde Marruecos hasta Gibraltar, y el que se pega el batacazo más grande cuando arrecia la gran crisis global.
Lo interesante es preguntarse de dónde viene este gusto por lo chabacano. Y creo, como apunté unos párrafos más arriba, que viene precisamente de esa mala interpretación de la igualdad de oportunidades.
Cuando llegó la democracia, un montón de gente se ilusionó porque pensaba que nos íbamos a convertir en un país moderno y culto, que la gente iba a leer más, que la televisión iba a dar cosas distintas que misas y fútbol. La realidad nos dio un puñetazo en la cara: las misas casi han desaparecido de la parrilla, pero el fútbol ha multiplicado su presencia de forma exponencial. Parafraseando a Chesterton —si me permiten ponerme estupendo—, podríamos decir que hemos sustituido el ritual de la misa por otro ritual, pero nuestro descrédito religioso se ha convertido en superstición esférica.
Llegaron a pensar que la educación y el nuevo poder de la gente para decidir iba a permitir que la sociedad fuese algo más equitativa, pero quisimos igualar el nivel tomando como referencia lo soez. Despechados del elitismo franquista, pensamos que lo bueno era que toda la sociedad fuese como la mayoría, y no entendimos que lo bueno sería acercar la mayoría a la élite. Esto se dice mucho de la educación pública actual: que quiere igualar a los alumnos por abajo. Que pretende que, ya que no todos pueden ser listos, todos sean tontos.
Yo no creo que los ministros de Educación lo pretendan aposta. Creo que el sistema tiene buenas intenciones, aunque aún está pasando el posoperatorio de la dictadura. Si durante el anterior régimen la educación excelente era una cosa reservada a los adinerados y adictos al régimen, lo bueno para nuestro régimen no es eliminar esa excelencia, sino extenderla a todo el mundo. No tratar de que todo el mundo rebaje su nivel intelectual hasta que no haya más remedio que adoptar a una princesa plebeya, sino demostrar que todas las hijas de las vecinas pueden llegar a ser princesas dignas. Ahí es donde hemos errado el tiro.
Anteriormente, en La Lengua:
Toros
Libertades y prisiones religiosas
Es Chinatown
Fumar, prohibir
Aborto. Dudas y certezas
Un mundo feliz
Dormidos
El horror
Basura
Perspectiva
La cuarta mentira
Falanges
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Suficiente
19 de October de 2010
Kurt Vonnegut solía recordar una conversación que tuvo con su colega escritor Joseph Heller (Vonnegut publicó esta anécdota en forma de poema en la revista New Yorker). Los dos escritores estaban en una fiesta celebrada por un multimillonario cuando Vonnegut bromeó: «¿Qué tal sienta saber que nuestro anfitrión gana más en un solo día que lo que Catch-22 [la obra más conocida de Heller] ha generado en toda su historia desde su publicación?» Heller respondió: «Tengo algo que él nunca podrá tener. Tengo suficiente.»
J. D. Roth, Your Money: The Missing Manual, en Amazon (edición para Kindle).
Me recuerda a una escena memorable de Los Simpsons, por el certero Homer:
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¿Y eso para qué me sirve?
18 de October de 2010
Imagen: Wikipedia.
Cada vez que un alumno me pregunta eso, esbozo una sonrisa y le digo: «Me alegra que me haga esa pregunta». Sin embargo, a diferencia de los políticos, no hay nada de hipocresía en ello. Ni la sonrisa ni la respuesta son fingidas.
Durante un tiempo, sin embargo, no sabía qué responder. Cada vez que me veo en un aprieto con un alumno, intento acordarme de cuando yo estaba en su sitio y había otro profesor en el mío. No es que haga mucho tiempo, aunque cada vez más (acabé C. O. U. en 1993), así que muchas veces me resulta fácil colocarme en su lugar. Y en este caso concreto recuerdo que yo también me hacía esa pregunta, y también cometí lo que entonces se veía como una impertinencia: cuestionar la utilidad del trabajo realizado por un adulto. ¿Cómo se responde a esa pregunta?
En primer lugar, es necesario saber qué quiere decir el alumno cuando utiliza el verbo servir. La mayoría de las veces, se refiere al trabajo que desempeñará cuando sea adulto. Es cierto que hay cosas que uno no sabe realmente si algún día le servirán en su puesto laboral, pero hay tantas otras que es casi seguro que jamás necesitará para llevar el sueldo a casa. ¿Análisis sintáctico? ¿La caverna de Platón? ¿La anatomía de una célula? ¿El coeficiente de rozamiento? Utilizo aposta ejemplos de cosas inútiles pecuniariamente hablando que se refieren tanto a las Humanidades como a las Ciencias, ya que, a menudo, he tenido que trabajar codo con codo con compañeros de trabajo tan torpes y encerrados en su pequeño mundo que ellos mismos han cultivado en nuestros alumnos el desprecio por el conocimiento. Esto suele deberse a un complejo de inferioridad: no suelen entender que, siendo ellos tan superiores intelectualmente que han podido estudiar lo que hayan estudiado (no quiero ofender a nadie, y yo adoro todas las parcelas del conocimiento, especialmente las que me resultan más difíciles) y yo tan burro que me vi empujado (!) a estudiar una Filología (póngase aquí lo que sea), al final hayan acabado también de profesores de Secundaria cobrando lo mismo que yo. Esto les supone una decepción de la que suelen buscar responsables a posteriori (el país está fatal, cosas así), aunque durante veinticinco o treinta años toda su inteligencia no les ha permitido sortear los obstáculos y ganar lo que sus mentes preclaras merecen. A mí los traumas del prójimo no me constituyen mayor problema, aunque me fastidia que promuevan entre mis alumnos la ignorancia de todo lo que a ellos no les interese o les parezca menos intelectual.
En este primer caso, es fácil responder al alumno. El día contiene 24 horas, de las que, idealmente, ocho son para trabajar, ocho para dormir y ocho para lo que uno quiera. Es decir, menos de un tercio del total de nuestra vida, si tenemos en cuenta vacaciones, jubilación, fines de semana, etc., es lo que deberíamos dedicar al trabajo. Así que puede que en la vida nos enfrentemos con situaciones que nada tienen que ver con lo laboral, y en las que nos sirva algo de lo aprendido en la escuela. Al menos, durante ocho horas diarias. Desde terminar un crucigrama —como decía el genial Gila, no tan irónicamente, creo— hasta saber de qué zona del mundo están hablando en el telediario, o por qué es tan preocupante que aumenten las emisiones de dióxido de carbono, las ocho horas del día que no dedicamos ni a dormir ni a trabajar están salpicadas de situaciones en que cierto conocimiento nos puede mejorar un poco la vida. Y aquí no estamos hablando solo de supervivencia económica, sino de hacer la vida más interesante y placentera, dado que tenemos la suerte de vivir en la reducida parte del mundo en que las necesidades vitales están cubiertas. Sé que mucha gente está empeñada en que todo lo que hagamos redunde en un beneficio económico a mayor o menor plazo, pero si alguien se toma la vida de ese modo, pienso que no merece vivir, aunque tampoco me atrevería a decir que merece morir. Si enseñas a un joven a apreciar la belleza en un dibujo de Leonardo, o la belleza del baile de las galaxias, quizás en algún momento de su vida se produzca un poco de bienestar, lo que, después de todo, es lo que pretendemos conseguir con el dinero. ¿O para qué sirven las vacaciones, los coches caros, la ropa de marca, los televisores enormes y, en definitiva, todas esas cosas que nos parecen tan imprescindibles que pensamos que solo deberíamos enseñar las materias que nos permitirán conseguirlas algún día, y nada más? Una camisa nueva y cara nos puede producir unos minutos de bienestar, y tal vez también la contemplación de los trazos de Leonardo o de la física en el universo. La diferencia es que una cosa nos ha costado 100 euros y la otra, nada.
Hasta aquí, pues, parece bastante claro que resulta mucho más ventajoso, en términos económicos, un conocimiento que nos aporte en un futuro unos minutos de placer que otro que también nos los aporte, pero que nos haya hecho pasar por caja para obtenerlos. Después de todo, en un país como el nuestro, donde aún conservamos ciertas políticas sociales, un trabajo de motorista de una pizzería nos permite tener nuestras necesidades básicas satisfechas. El placer de las cosas superfluas viene después, y algunas de las cosas que nos lo producen se pueden obtener con dinero, y otras no (un recordatorio para los escépticos: no he hablado mal del dinero hasta ahora, ni pienso hacerlo).
Pero el conocimiento inútil puede proporcionarte otras satisfacciones. Un ejemplo que puse al último alumno que me ha hecho la pregunta de marras. Imagina que estás en una fiesta, no durante tus ocho horas de trabajo, claro, ni siquiera en las ocho de libre disposición, sino, como estamos en España, durante tus horas de sueño. Ves a una chica preciosa. No sabes cómo acercarte a ella y decirle algo. Pero después de observarla un poco, te arrimas y le preguntas «¿Has estado en Portugal?» Y ella te responde: ¿«Cómo lo sabes»? Y tú: «Por el gallo de tu camiseta». Puede que en toda la fiesta seas el único que conozca la historia del gallo de Barcelos. Podéis decirme que esa situación es altamente improbable, y os daré la razón. Pero ahora pensad en los miles de añicos de conocimiento inútil que los profesores proporcionan, y en las miles de situaciones extrañas que os pueden ocurrir a lo largo de tantísimas horas de ocio o de fiesta a lo largo de vuestras vidas (no todas tienen por qué tener que ver con conseguir a la chica, claro está). O eres la persona menos interesante del mundo, o muchas veces habrá un momento en que tengas algo que decir que nunca pensarías que te serviría para nada. Porque, además, ¿de qué hablan los zapateros en su tiempo libre? ¿Os imagináis un mundo donde cada cual supiese solo lo que tuviese que ver con su ámbito de trabajo? ¿De qué va a hablar la gente?
La última razón que esgrimo para explicar a los niños por qué les enseño análisis sintáctico y el origen de las palabras es que yo no estoy formando a trabajadores, estoy formando a ciudadanos. Como dije algunos meses atrás, si mi función es que Fulanito aprenda exclusivamente a vender hipotecas en un banco o a crear nuevas fórmulas para una empresa farmacéutica que luego va a forrarse con su trabajo, que me pague el banco o la empresa farmacéutica, y que no quiten dinero de los impuestos a la gente para mi sueldo. Mi trabajo consiste en preparar a un alumno para su futuro laboral, sí, pero esa es solo una de las funciones que me encomienda la Ley Orgánica de Educación. También tengo el deber de enseñarles a ser ciudadanos y de desarrollarlos intelectualmente. Si la reflexión sobre el lenguaje mediante el análisis sintáctico —por poner un ejemplo que compete a mi área del conocimiento— crea conexiones en el cerebro que los harán más inteligentes, eso no solamente les ayudará a desempeñar en el futuro su trabajo, cualquiera que sea, de manera más eficiente: también les ayuda a ser más ciudadanos y menos miembros de una tribu que a falta de taparrabos y pinturas en la cara se rapen la cabeza y vayan buscando la tribu enemiga entre los inmigrantes que duermen en las calles.
El alumno que me preguntó esto ayer tiene muy claro, a los quince años, que quiere ser ingeniero agrónomo. Por eso no entendía que le contase qué era una palabra patrimonial, qué un cultismo y qué un doblete. Después de alabar su pronta decisión y buen gusto, ya que me parece una elección acertada e interesantísima, le pregunté yo algo. Imagínese que, cuando usted sea mayor —no tuteo a mis alumnos—, se ha convertido en ingeniero agrónomo. Y que consigue un buen trabajo. Y que trabaja en su misma empresa otro ingeniero agrónomo, igual de inteligente que usted, que ha sacado las mismas notas en la carrera, gana lo mismo y desempeña su oficio con la misma eficacia. Solo hay una diferencia entre los dos. De los dos, usted sabe lo que es un doblete, un cultismo, un complemento predicativo, la razón áurea, la sucesión de Fibonacci, entiende la Teoría de la relatividad especial y el mito de la caverna de Platón, sabe qué pueblos habitaban en la península ibérica antes de la llegada de los romanos y por qué el agua y el aceite no se mezclan y conoce el nombre de las tres estrellas más cercanas a nuestro sistema solar. ¿Qué persona cree que tiene más valor en una sociedad? ¿A qué persona preferiría usted para cualquier cosa, ya sea para irse de vacaciones, tener una simple conversación, o, si depende de usted, para contratarlo para su empresa, sabiendo que los dos son iguales de válidos, solo que uno de ellos es más culto? Solo lo pensó un par de segundos, y en seguida, creo que sin saber muy bien por qué, respondió que prefería a la persona más culta. Sabiendo que los dos saben lo mismo de su ámbito de trabajo, de alguna manera intuyó que la persona más culta era más válida, que, posiblemente, en algún momento de su vida, algo de aquel conocimiento inútil tendría algún valor, o quizás, simplemente, pensó que sería más interesante o incluso rentable un trabajador, un ciudadano, culto que uno tan ignorante que es experto en lo suyo y no sabe nada más.
Y lo mejor de todo es que, al final, respondió él mismo a su pregunta. Descubrió algo por sí mismo, y yo sólo tuve que hacerle la pregunta adecuada. Y la cara que se le quedó, que es la que se le queda a uno cuando repentinamente se da cuenta de algo que hasta entonces había pasado por alto, bien valió mi rebaja de sueldo de hace un par de meses. La de ese día nada más, que tampoco está la cosa para tirar cohetes.
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Falanges
17 de October de 2010
Este artículo fue publicado en El Telegrama de Melilla, el domingo, 17 de octubre de 2010.
Falanges
Este pasado martes, en que conmemoraba España su doce de octubre, regresé a Melilla a las 7 de la mañana en un vuelo desde Madrid, después de haber pasado un par de días visitando varias localidades cercanas a la capital. Mientras esperaba a que abrieran la puerta de embarque, observé que iba a volar conmigo un grupo de entre quince y veinticinco personas, que viajaban juntas, y arrimando el oído —más por aburrimiento que por indiscreción, ya que viajaba solo— supe que procedían de Asturias. Ya en el avión (íbamos prácticamente sólo ellos y yo) armaron algo de alboroto, nada fuera de lo normal en un país que se ha embrutecido hasta el punto en que nos encontramos. Durante el trayecto me pregunté para qué irían, dada la falta de uniformidad del grupo: los había, calculé, entre la veintena y la cuarentena, hombres y mujeres, y no parecían tener en común más que la procedencia y cierto gusto por berrear bromas sin gracia a viva voz de punta a punta de la nave. Al cuarto de hora de desembarcar ya me había olvidado de ellos. El miércoles por la mañana abrí un periódico local y vi a uno del grupo en el primer plano de una fotografía. Acompañaba a una noticia en que se daba cuenta del acto organizado por el partido Falange Española en la ciudad.
No soy amigo de ilegalizar ideas, ni siquiera las que, aberrantes como son, son ilegales en nuestro país (la apología del racismo o del terrorismo, por ejemplo, son delito, si no fallan mis escasos conocimientos jurídicos). Pienso que una sociedad civilizada y educada desecha automáticamente tales idioteces, y en un país medianamente inteligente no pueden tener éxito. Siempre que digo esto, alguien sale con el argumento de Hitler en la Alemania de los años 30, pero quien investigue someramente la Historia del siglo pasado sabe que el éxito democrático del Führer no fue tal, sino que llegó al poder manipulando y presionando el sistema electoral, y que únicamente obtuvo la mayoría cuando el Partido Nacionalsocialista era prácticamente la única opción que se podía votar y los nazis ya eran dueños de las calles; además, creo que cualquier alusión a la cultura y educación del pueblo alemán en el período de entreguerras, visto con perspectiva, está equivocadamente inflada.
Sin embargo, vivo en un país donde la proclamación de ideas racistas es ilegal, y yo soy respetuoso con las leyes, incluso con las que no comparto, así que no me entra en la mollera que alguien diera autorización para la celebración de un acto donde, según tengo entendido —por supuesto, no acudí— se lanzaron soflamas racistas. El acto, sin embargo, se celebró. Eso me respondió a la pregunta que me hice sobre el porqué del viaje de tanta gente desde tan lejos a nuestra tan olvidada ciudad, pero hizo resurgir la misma pregunta: ¿para qué han venido? Sé a lo que venían, pero ¿por qué aquí, precisamente? Creo que esa pregunta tiene una respuesta mucho más sencilla. Venían buscando leña. Sabiendo la constitución demográfica de nuestra ciudad, era previsible que se produjesen conflictos, seguramente acompañados de violencia. Pero ¿es que a esta gente, por locos que estén, les gusta que les aticen? No, por supuesto, no es eso, pero España, a pesar de su declive cultural y educativo, sigue siendo un país medio civilizado, y los simpatizantes de Falange son muy pocos, y cada vez menos. La única manera que tienen de lograr cierto impacto mediático es, como se dice vulgarmente, liándola parda, así que organizan en Melilla una boutade para que se arme la de Dios, y el viernes por la noche están en La Noria o en cualquier otro programa que se nutra de morbo, y ya tienen sus minutos de fama.
Siempre he pensado que la población de Melilla es, mayormente, racista. Sin embargo, al contrario que casi todo el mundo, pienso que el racismo se produce de todos hacia todos: tanto desprecio, o al menos ignorancia, demuestran los europeos hacia los rifeños, como los rifeños hacia los europeos. No me detengo ahora en pensar acerca de los posibles orígenes de ese odio moderado: me limito a constatar un hecho que llevo observando toda mi vida. En esta ciudad hay grandes amistades, casi hermandades, podría decirse, entre gente de distintas culturas, pero creo que queda un regusto de desconfianza entre las dos grandes comunidades de esta ciudad. La integración aún no es total. Cualquiera que se dé un paseo por alguna metrópoli europea, más en unas que en otras, claro, sabe que eso de la convivencia y la integración melillenses que nos venden desde la política local es un cuento chino. Sin embargo, no puede negarse que vivir, vivimos, y que hace muchos años, afortunadamente, que no se registran conflictos interétnicos de importancia en esta plaza. Puede que la convivencia plena sea imposible, y que siempre que exista una diferencia, existirá una desconfianza, quién sabe. Pero tengo claro que aún nos queda mucho camino por andar.
El miércoles tuve que hacer una revisión al alza de mis apreciaciones. Leí que durante el acto falangista no se produjo ningún altercado, y que únicamente al final hubo un amago de agresión que al final no llegó a consumarse. Venían buscando provocación, seguros de encontrarla, y se fueron con un palmo de narices. La ciudad les demostró, y de paso me ha demostrado a mí, que la convivencia es un poquito mejor y más posible de lo que pensaba, que tal vez estemos avanzando y que no se va a armar la marimorena porque cuatro alborotadores de tres al cuarto vengan aquí a decirnos cómo tendríamos que vivir y qué tendríamos que hacer.
Vino la Falange Española, y la ciudad le enseñó, con su indiferencia, la mejor falange que puede mostrarse a unos individuos como estos. La del dedo medio, bien extendido, entre los otros cuatro.
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La cuarta mentira
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La cuarta mentira
14 de October de 2010
Este artículo fue publicado en El Telegrama de Melilla, el domingo, 3 de octubre de 2010.
La cuarta mentira
Puede que la verdad nos haga libres, no lo discuto, pero lo cierto es que la mentira nos hace felices. Esto ha sido así desde siempre. El estudiante que se acuesta a las dos de la madrugada sin haber estudiado, pensando que, tal vez, una nevada en pleno mes de mayo le libre del suspenso seguro; el padre que prefiere creer que en realidad su hijo consumió una hamburguesa en mal estado la noche anterior, y no dos litros de kalimotxo, y por eso tiene tan mala cara; el hincha que sostiene que su equipo es el mejor, pierda o gane, por la mera razón de que es el suyo. Tenemos en castellano el sintagma mentira piadosa para referirnos a una falsedad que nos tranquiliza espiritualmente más que la realidad. Busco en el almacén de mi memoria y no encuentro una construcción equivalente cuyo núcleo sea verdad. La verdad nos hará libres, pero no queremos ser libres, sino felices.
No piensen que estoy criticando la mentira, que, por cierto, es un invento tan humano como la sopa de piedra o el genocidio. Los animales son incapaces de mentir, al menos conscientemente: la prevaricación, término específico que da la ciencia lingüística a la falsedad intencionada, es algo que solo puede realizar mediante su lenguaje el ser humano. Un animal es capaz de emitir un mensaje erróneo —por ejemplo, una inofensiva mosca puede, mediante la evolución, haber adoptado el hábito de una letal avispa para evitar ser comida por la rana—, pero esta mentira es inintencionada. Además, alrededor de la mentira puede que esté organizado el 90% de la economía mundial en nuestro siglo. Todos sabemos que un desodorante no hará que cientos de supermodelos nos persigan por las calles, que un coche más grande no nos hará más viriles, que las historias reales no acaban bien, como en el cine, pero seguimos comprando los desodorantes caros, los coches aparentes y las entradas para las mentirosas películas. Y ¿a cuánto estaríamos pagando el litro de gasolina, si no quisiéramos creer que ciertos países ricos en petróleo, cuyos nombres no conoceríamos siquiera si no contasen con esa materia prima, merecen ser invadidos de vez en cuando, por entrenar a terroristas internacionales, planear una dominación religiosa a escala planetaria o por no constituir democracias como las nuestras? Según unos datos que tengo delante ahora mismo, cuya fuente es el Ministerio del Interior, un total de 21.234.497 personas votaron en las elecciones generales de 2008 al Partido Socialista o al Partido Popular. ¿Veintiún millones de personas, casi la mitad de la población española (incluidas las personas sin derecho a voto, como los menores), creyeron las promesas de los dos principales partidos de este país? Lo dudo mucho, y, si no lo dudara, haría las maletas y huiría al exilio voluntario, porque una nación con tantos crédulos sería un peligroso polvorín. No, estoy seguro de que casi la totalidad de los votantes, con la probable excepción de algún idealista de 18 años, sabía perfectamente que, si ganaban los populares, no acabarían con la corrupción, y si lo hacían los socialistas, los trabajadores iban a pagar los platos rotos de la crisis, llegado el caso. Lo sabían, y aun así, votaron lo que votaron. La mayoría del electorado ni tan siquiera se planteó votar a otro partido (solo un 16,25% lo hizo). Más vale malo conocido, o, en este caso, mentira conocida que verdad por conocer.
El ejemplo paradigmático de la mentira en nuestro mundo lo encontramos en la prensa, el cuarto poder. Da igual si hablamos de prensa escrita, televisión, radio o incluso Internet: lo que debería ser una herramienta de información para los ciudadanos, una fuente de reflexión para que ejerzan sus derechos democráticos de manera más eficiente, sigue sin ser más que un altavoz de oscuros intereses políticos y empresariales. Abran un periódico cualquiera o enciendan el televisor a la hora del telediario, y reflexionen sobre la cantidad y la calidad de información que se muestra. La simple selección constituye una forma de manipulación. Piensen en las noticias aparecidas en cualquiera de los periódicos o emisoras de televisión locales. ¿Tenemos un partido político que es el paradigma de la santidad, y otro u otros que son la imagen del diablo? Los medios locales, en general, suelen cantar las alabanzas de nuestro Gobierno melillense, pero en televisión hay, al menos, una que escapa al parecido con un Boletín Oficial de Melilla, aunque es prácticamente tan sesgado como los otros. Y esto, tristemente, constituye casi una bendición: si no hubiese al menos un medio para el que el Partido Popular local representa todo lo malo, pensaríamos que representa inevitablemente todo lo bueno.
La prensa debería ayudarnos a ver las cosas más claras para poder ejercer nuestro derecho a un voto de mejor calidad y así tener gobernantes de mejor calidad. Debería ayudarnos a ser adultos y a sacudirnos de una vez por todas ese polvo que nos ha dejado la dictadura y mediante el cual pensamos que seguimos siendo súbditos de un régimen autoritario, en lugar de ciudadanos de una democracia que deciden qué se hace y qué no, y a quienes los políticos deben obedecer.
Y, huyendo de la política inmediata y de la prensa local, pensemos en los medios nacionales e intertnacionales y en las noticias que afectan al mundo. ¿Cuántas guerras sabemos nombrar aparte de las de Iraq y Afganistán? La web golbalsecurity.org afirma que, en el momento en que ustedes leen esto, hay alrededor de una cuarentena de guerras segando vidas humanas en el planeta en que tenemos puestos los pies. Desde Argelia hasta Yemen, si contamos alfabéticamente, y desde al menos los años cincuenta, los humanos no han parado de matarse entre sí por el mundo. Pero solo interesan las guerras que venden. Más: ¿en cuántos países del mundo se pisotean los derechos de las mujeres, aparte de aquellos en que las lapidan por ser violadas, o las obligan a llevar burka? ¿Cuáles han sido los beneficios empresariales de las grandes corporaciones durante una época en que han quebrado países enteros? ¿Cuántas denuncias tiene nuestro país por violaciones de los derechos humanos (sí, también se denuncia a nuestro país, no solo a los habitados por salvajes que visten de forma distinta)?
Investiguen un poco. Y luego pongan un telediario. Tras algún dato de muertos de tráfico, la última perogrullada soltada por algún político ágrafo y los datos del paro, les ofrecerán algún vídeo extraído de Youtube, la primera excursión al campo de las hijas del Príncipe y las películas que se estrenarán este fin de semana. Y se supone que los medios son el cuarto poder, que restará parcelas de mando a los otros y que nos ayudará a lograr que la democracia se corresponda con su etimología: a que las personas sean las que manden, y no las que obedezcan.
Pero no queremos ser libres. Queremos seguir pensando que la Selección española de fútbol es la mejor del mundo porque ha gando tres o cuatro partidos seguidos, que la responsabilidad nos obliga a apretarnos el cinturón —¡a nosotros, que ya hemos vendido el cinturón para poder poner algo en el frigorífico!—, que no estamos en Afganistán pegando tiros sino enseñando a escribir a niños, que no vendemos armas ni acorazados a países que están en guerra.
Es imposible que una democracia funcione sin que los que deciden los destinos del país, los votantes, estén informados. Y es responsabilidad del cuarto poder ejercer de tal, y no asimilarse a los otros tres, que ya forman una piña suficientemente compacta. Nosotros, los ciudadanos, preferimos seguir instalados en la mentira, porque la libertad nunca ha sido algo cómodo para nadie. Pero los medios de información tienen una responsabilidad, y deberían, en un mundo donde el poder de la información es decisivo, ser celosamente vigilantes de su propia función. O, Dios no lo quiera, nos seguirá yendo como hasta ahora.
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Huelga decirlo
29 de September de 2010
Ayer, en los primeros cinco minutos de clase, intenté explicar a mis alumnos por qué iba a acudir a la huelga general convocada para hoy. No les di un mitin ni nada, no me parece ético. Solamente les expliqué mis razones y a continuación les dije que ir a trabajar era un derecho tan sagrado como mi derecho a la huelga, y allá cada cual con su decisión. Sé que no estaba obligado a dar explicaciones, pero yo hago huelga contra unas decisiones del Gobierno, no contra mis alumnos, que no tienen culpa de nada, así que me pareció que la dignidad exigía que les informara de por qué iban a perder una de mis clases. Ellos estaban encantados, especialmente los que tenían clase conmigo a primera y a última hora. Pero cuando oyeron los motivos que hay para esta huelga, vi que sus caras iban cambiando de la alegría a la inquietud.
Al principio no entendí por qué se preocupaban. Cuando yo era estudiante, nada podía quitarme la alegría de librarme de un día de clase, ya fuera por huelga, temporal, terremoto o invasión alienígena. Pero creo que luego lo comprendí. Y creo que pensé lo mismo que ellos.
Cuando ellos tengan mi edad —y se acordarán de cuando tenían 17, ya que yo aún me acuerdo— y algunos, Dios no lo quiera, sean profesores #8230; ¿qué motivos para hacer huelga explicarán a los alumnos? Cuando yo estaba sentado en esas sillas verdes, no se le pasaba por la cabeza a nadie que nos obligaran a trabajar hasta los 67 años, que recortaran pensiones, que bajasen los sueldos de los funcionarios, y que además los tontos pidan que nuestro trabajo deje de estar medianamente asegurado, que llegásemos a los 5 millones de parados, 5 millones, permitidme que lo repita, que prestasen nuestro dinero a los bancos para que concedieran créditos —cosa que no han hecho—, que en la mayor crisis económica de nuestra democracia no haya arrestos suficientes para tocar los impuestos de los que más tienen (no, no los don Pelanas que cobran más de 100.000 euros al año, sino las verdaderas grandes fortunas del país), que fuese tan sumamente fácil poner a un trabajador de patitas en la puñetera calle. En el país se hicieron varias huelgas generales, y eso que ni en la mayor de las pesadillas se imaginaba nadie que las cosas iban a estar tan mal.
Me da miedo que, cuando mis alumnos sean profesores, tengan que explicar a sus alumnos: «Mañana voy a la huelga para que no reduzcan la indemnización por despido de 20 a 5 días; para que no rebajen las pensiones; para que no vuelvan a bajar los impuestos a las grandes fortunas; para que no se privaticen por completo la educación y la sanidad; para que no aumenten la edad de jubilación hasta los 70 años #8230;». Me da miedo, pero no me parece nada improbable. Todo lo que pueda hacer para que eso no suceda, lo haré, incluido hacer huelga. Cuando, dentro de otros 17 años, haya 10 —diez— millones de parados y para pagar las pensiones, en lugar de obligar al Santander a pagar más impuestos, me rebajen el sueldo a mí y las pensiones a las ancianas, yo, al menos, podré decir que intenté impedir que llegáramos a eso.
Pero nada, el tema del día es criticar a los piquetes y a los sindicatos. Como si las medidas no nos afectaran, como si fuesen a producirse en el país de Nunca Jamás. Pues eso, todo el mundo calladito y trabajando, y en las generales, ya sabéis, votad a los mismos dos de siempre.
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Perspectiva
26 de September de 2010
Este artículo fue publicado en El Telegrama de Melilla, el domingo, 26 de septiembre de 2010.
Perspectiva
Casi todo adquiere un color distinto si se observa con la suficiente perspectiva. O, más que perspectiva, lo que Nabokov llamaba, en su inmortal Lolita, distancia focal: cuando miramos los hechos históricos con una relación apropiada entre su cercanía y su lejanía, adquieren significados nuevos. El hecho de que en el mundo antiguo, hace un par de milenios, existiese la esclavitud como parte fundamental del sistema económico mundial hoy nos parece una curiosidad histórica. El que, dos mil años después, nos enteremos de que existen aún los esclavos en este mundo, en este continente y en este país, nos llena de vergüenza (aunque no tanto como debería).
Si pensamos en los derechos de los que gozaba —es un decir— un trabajador hace ciento cincuenta años, y los comparamos con los de hoy, no tenemos más remedio que pensar que hemos avanzado muchísimo. ¿Seguridad Social? ¿Vacaciones pagadas? ¿Subsidio por desempleo o enfermedad? ¿Derecho a la huelga? Quimeras. En 2010 pensamos que todos esos derechos están asegurados, y hoy por hoy, con matices, lo están. También podemos fijarnos en otros aspectos. Nos horrorizamos cuando vemos las consecuencias de las guerras en televisión (más que nada, porque ahora estas consecuencias se nos muestran en forma de imágenes, engañosas pero impactantes). Sin embargo, es posible que el mundo en que vivimos nunca haya sido tan pacífico como en la actualidad. El hambre al que somos inmunes, y no me refiero a que Occidente ya no sufra sus efectos, sino a la indiferencia que nos producen las imágenes de los niños de vientres abultados, es una insignificancia comparado con la que asolaba la Tierra hace doscientos años. Las epidemias no son ya algo que nos aterre. La llamada gripe española acabó con la vida de entre 25 y 100 millones de personas en el primer cuarto del siglo pasado. A principios del siglo XXI, y por mucho afán que tengan los medios de comunicación en que pensemos que el fin del mundo está un par de calles más allá, no hay pandemia que pueda asustarnos más que cinco minutos (calculo que las tres últimas pandemias con las que la televisión nos ha asustado, la gripe porcina, la aviar y la enfermedad de las vacas locas, han matado en todos sus años de existencia menos personas que la gripe estacionaria en un solo año). Para comprobar con datos fríos lo que el mundo ha mejorado en términos de hambre, enfermedad y esperanza de vida, recomiendo consultar la web Gapminder (www.gapminder.org), de la fundación del mismo nombre fundada por el médico sueco Hans Rosling.
No tenemos más remedio, a la luz de estos y otros muchos datos, que llevarnos las manos a la cabeza con gesto de más o menos preparada sorpresa y exclamar: ¡Hay que ver lo que hemos avanzado! Nuestro mundo es más pacífico, sano, longevo y menos hambriento que el que heredaron nuestros abuelos. No hay discusión en este asunto. Solo algunos paranoicos, como el que escribe estas líneas, piensan que hay aspectos de la vida humana en los que estamos retrocediendo, como en el gusto del hombre por la libertad. Sin embargo, ya se sabe que los seres humanos siempre han gustado de canjear su libertad por cierto nivel de seguridad y tranquilidad, aunque, como es sabido, el que hace eso no es merecedor de una cosa ni de la otra. No obstante, si a la gente le parece bien que le bajen los pantalones en el control de seguridad de un aeropuerto, para defenderla de los millones de terroristas que campan a sus anchas por el mundo —ya se sabe que hoy en día hace falta bien poco para ser considerado un adalid del terror; basta llevar una camiseta con un mensaje anti sistema, o una botella de más de 100 ml. de esa arma de destrucción masiva que conocemos como agua—, no tengo mucho que objetar: me pliego al gusto de la mayoría, en virtud de mi respeto por las leyes.
Pero si cerramos un poco el foco de la perspectiva, veremos que las cosas, quizá, no pinten tan bien. Desde los atentados del World Trade Center hasta ahora, la paranoia se ha apoderado de casi todas las mentes, y el miedo a que algún loco de oscura piel y extraño lenguaje dirija un avión hacia el edificio en que consumimos nuestras horas de trabajo ha hecho que, de buena gana, aceptemos entregar gran parte de lo conseguido los últimos doscientos años en aras de vivir más tranquilos. En los Estados Unidos comenzaron aprobando el Patriot Act, mediante el cual su territorio se convertía prácticamente en un campo en estado de sitio permanente. Y esta psicosis se extendió con rapidez por casi todo el mundo. Recordemos al brasileño al que acribillaron en el metro de Londres por no detenerse ante el requerimiento de un policía. Tenemos decenas de historias similares para contar: basta rastrear un poco la hemeroteca. Con el Patriot Act se colaron más pensamientos propios de lo que en España llamamos liberalismo, aunque en los EUA este vocablo tenga un significado totalmente opuesto. Los mismos que defendían que más vale un inocente sospechoso muerto (o, incluso, no solo un sospechoso, sino todo un país, siempre que esté habitado por sucios salvajes de religión impía) que un terrorista vivo, defienden también un mundo en que el capital, el comercio, ese dios benévolo y justo, campe a sus anchas por estos mundos dejados de la mano del otro dios. La gente comenzó a consumir en masa esos think tanks en los que, entre susto terrorista y susto terrorista, te metían con calzador las bondades de la libertad de mercado. Y entonces las cosas comenzaron a empeorar.
Sigamos cerrando el foco y observemos los cambios que ha habido en la economía estos últimos años. Este mercado mundial, más libre que nunca, en que una empresa española puede contratar a sus esclavos en países donde las leyes permitan sueldos indignos y derechos inexistentes, nos ha llevado a una crisis económica de la que ni los más viejos recuerdan parangón. Los antiguos decían que la misma sustancia, en cantidades distintas, puede ser medicina o veneno. El remedio que el mercado ha encontrado para la crisis es una sobredosis de lo mismo: más crédito insolvente —esta vez, con las entidades financieras como destinatarios—, salarios más bajos, despido más barato, menos derechos laborales. Los que defienden esto están instalados en la práctica totalidad de la sociedad: partidos conservadores, partidos progresistas (según su propia denominación), asociaciones de empresarios, medios de comunicación, bien y malpensantes columnistas. Desde las páginas de El País, hace unos meses, alguna lumbrera defendía la idea de que los funcionarios y su seguridad laboral eran un anacronismo. ¡El diario de izquierdas por excelencia! Casi todo el mundo echa pestes, hoy, de los sindicalistas, que su responsabilidad tienen en su mala prensa, no lo discuto, pero que no dejan de ser un mal menor y necesario. Cuando no haya sindicatos, ni tan siquiera estos mayoritarios que bailan el agua a nuestro ultraconservador Gobierno del PSOE, ¿quién dirá que todavía podemos avanzar en medidas sociales? ¿Quién pedirá que las medidas económicas se tomen pensando en el trabajador, y no en las corporaciones bancarias?
Si pensamos en los datos de nuestro país hace solo quince años, veremos un paraíso donde, en su momento, veíamos un paraje desolador. En 2010 cobramos menos, tenemos mucho más desempleo y menos tiempo de subsidio, despido más barato, bajada de sueldos de funcionarios, todo, además, aderezado con la salsa de los beneficios históricos de empresas de crédito, telecomunicaciones y textiles. Y esto por no hablar de la inflación que nos colaron con el euro, esta infeliz idea de neoliberales que ha servido únicamente para que los mismos de siempre se sigan enriqueciendo mientras el ciudadano ha visto una subida de precios cercana al 100% en casi todos los productos de consumo.
Cuestión de perspectiva. Si miramos al mundo hace doscientos años, no tenemos más remedio que enorgullecernos de la lucha que llevaron a cabo los trabajadores de antaño para conseguir los derechos de los que gozamos hoy. ¿Qué pensarán de nosotros nuestros nietos, cuando miren al mundo de hoy y piensen en lo que han ganado o perdido? Quiero creer que llegarán a pensar que también fuimos dignos de su orgullo.
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